Búsqueda de otros gatos







martes, 15 de julio de 2008

La insignificancia, las pelusas y otros muertos.

I

Ya hacía varias horas desde que el sol saliera de nuevo tras la ventana del quinto piso de una calle escondida tras el humo. La luz se filtraba irremediable por los escondites de pelusas insaciables. Qué mito el de la pelusa. Uno se pregunta siempre al leer la Biblia y las anécdotas si no fueron ellas, sempiternas, siempre existentes fuerzas, las que dieron forma al mundo. La vida de una pelusa es simple, sin cambios ni brusquedades. Sólo observan las casas, las vidas, las penas, se empapan de ellas y engordan poco a poco con nuestros propios fantasmas. Así es en realidad, no cabe duda, cómo llegaron a conocer a cierto espejismo que intentaba vivir como podía entre aquellas dos paredes y media. Sí, cuatro paredes era un lujo por aquellos entonces para muchos. Una vida no necesita más de una pared, para qué más, un apoyo. Para apoyos está el mundo. Dejemos las pelusas por un instante. Antonio Calero nunca estuvo interesado en ellas, las consideraba partes de la casa, inquilinos del silencio sin fama ni gloria, animales de compañía, gatos, macetas y muebles, algo indigno de corromperse con escobas.
Aquella mañana Antonio se levantó como de costumbre. Abrió un ojo y el frío se apoderó de su córnea, cristalino de ojos negros, tiritaban, era un frío irremediable, un invierno de nostalgias. Frío enlatado entre cortinas, en conserva. Ese frío que queda cuando la muerte pasa de largo y envenena.
Como podemos imaginar, el otro ojo se negaba a mirar por miedo a la fría parca. Se aferraba a las pestañas, tan sólo la fuerza y terquedad del derecho consiguió que el izquierdo se rindiera de nuevo ante las esquinas del mundo. Estaba oscuro, como nunca antes lo había estado. –Será temprano aún. Pensó el espejismo mientras escrutaba el devenir del mundo. Pájaros, lluvia, caminar de transeúntes olvidados en su propia amnesia. No había duda, a esas horas ya nadie escapaba a las obligaciones.
Antonio Calero nunca fue un hombre de costumbres, aquello no iba con él. Siempre odió a aquellos que necesitaban papel rayado para escribirse o que apretaban desde abajo el tubo de dentífrico. Dio media vuelta entre las sábanas y observó el reloj de la mesilla como quien mira al destino frente a frente y allí se quedó turbado entre el ahogo y la esperanza de sentirse vivo un nuevo día. Resulta extraño pensar en la costumbre de nuestro amigo, aquel reloj que observaba detenidamente cada amanecer, cada tarde; aquel reloj que pareciera significarlo todo, que pareciera pintar el morir del tiempo. Aquel reloj sin manijas le devolvía la mirada cada noche como esperando que al otro lado existiera la Vida tal y como se la había imaginado, una vida sin pluma y sin tinta, sin ganas y desganas.
En verdad a estas horas a uno se le vienen tantos recuerdos a la cabeza que resulta difícil, casi imposible levantarse del suelo, es por eso por lo que a veces las sábanas te atrapan y la gente llega tarde a sus citas con el mundo y no encuentran excusas apropiadas para expresar el dolor de recordar lo que creían olvidado. Antonio había logrado con el trascurrir de los días la habilidad de encerrar los recuerdos vespertinos y llegar siempre temprano al psicólogo los jueves, puntuales como las estaciones pero sin prisa al igual que ellas. El desayuno estaba ya servido en la mesa cuando llegó a la cocina. La luz seguía encendida tal y como él la dejó, no serían los cereales más apetecibles pero en fin, era algo con lo que llenar el vacío de la noche. Comía despacio, aún tenía tiempo, el sol todavía luchaba contra sus propios recuerdos. No había prisa y como saben los bohemios no fueron creados para perderse los tristes amaneceres de la ciudad. Masticaba pensando en cada una de las cosas que le esperaban aquel día. La puerta, el hall, las escaleras, el piso, más puertas, ascensores, cielo e infierno, la última puerta, la calle, el sol, la lluvia, los charcos, los atascos, la muerte mendigando literatura en los semáforos, una mujer, sus ojos, su pelo, nada. Hay quien diría que estas cosas no duran más que unos pocos minutos, pero es igual de cierto que las grandes cosas se componen de otras más pequeñas, las verdaderamente importantes.

Se hacía tarde, el sol se había demorado demasiado aquel día y Antonio se vistió como se visten los autómatas, una stream of conciousness de etiqueta, no importaba el orden, el pantalón en los brazos, la camisa en el bolsillo, la corbata engominada, y los zapatos por cartera. El psicólogo decía que era un mal nuevo algunas veces, otras decía que era el estrés, la rutina diaria. Otras veces sugería que no era nada, le recetaba unas pastillas que una y otra vez hacían su viaje migratorio del bolsillo carcomido de Antonio a la alcantarilla más cercana a la clínica.

-Antonio, como tu psicólogo y amigo te recomiendo que visites lugares nuevos, frecuenta algún bar, visita a algún amigo. El humo de los bares es experto en atrapar recuerdos. Anímate, la soledad es uno de los peores males de este mundo.

-¿La soledad? La soledad es una llama. Dijo recordando una película argentina. A veces no vale la pena cambiar de estado, se gasta demasiado en el proceso de escapar al olvido. Además es algo más que incómodo pasar de nuevo ante los ojos del tiempo.

Era un caso irremediable, ambos habían tenido largas conversaciones sobre la vida, pero últimamente su paciente se había empeñado en encerrarse en sí mismo y dejar que los demás contemplasen su coraza como ese amigo que aparece en las fotografías de la familia discretamente a un lado y al que nadie acertó nunca a reconocer.

Eran las diez y media de la mañana cuando nuestro Antonio consiguió dejar de mirar al mendigo literario. Se jugaba la vida diariamente entre las ventanillas de los coches recitando poemas y exhibiendo su palma tiznada de hambre. Entre algunas de sus lindezas recitaba a Benedetti, “No te salves, no reserves del mundo sólo un rincón tranquilo…” -¡Qué razón tienes loco! Gritó uno de los conductores. Era un conductor gris, sin mirada. El mendigo lo miró con lástima y con la misma indiferencia salió a toda velocidad avenida arriba dejando tras de sí un vacío de lluvia. –Gracias. Respondió el mendigo al tiempo que se perdía entre las farolas.

Diez minutos después cruzó el puente que le llevaba directamente al número 7 de calle Menéndez Silva en donde se podía leer una placa verde y violeta Dr. Ordetti Candaval, licenciado en psicología. Antonio se quedó pensativo unos minutos intentando encontrar alguna buena razón para traspasar aquel tridente con marco azul y negro. -Nunca pensé que traspasaría tantas veces las puertas del infierno, y menos para que me digan que estoy loco, eso ya lo sabía. Dijo con una media sonrisa. Entró en el edificio y la puerta se cerró con un crujido seco.


6 comentarios:

Marcos dijo...

Hola Jose, entro en tu casa no para arañarte sino para abrazarte.

¿Qué haces amigo? ¿Cómo estás tú? ¿Y esos estudios?

Yo luchando, como no puede ser de otra forma.

Precioso tu último relato. Sigo perdiéndome el hilo que los enlaza pero leídos por separado son todos magníficos.

Enhorabuena y gracias.

Marcos dijo...

¿Una novela? eso es fantástico!

qué valiente eres!

feliz verano para ti también.

un abrazo.

Anónimo dijo...

Decía Henry Müller que los grandes textos se conocen por el dèja vu. Tus textos inauguran espacios olvidados. Gracias por el encuentro.Me alegra mucho que estés escribiendo una novela y la compartas con nosotros. Al fin y al cabo, ese es el mejor premio, la creación y el encuentro con los lectores en el espacio de las sílabas.

Gema

Maga dijo...

¿Cuento, novela? ¿quién sabe? y de todas formas ¿a quién le importa?
Quiero agradecer el que compartas estos fragmentos...a Antonio Cronopio que odia a los "que apretaban desde abajo el tubo de dentífrico".
Saludos.
Adiós

Quijo dijo...

Bonito proyecto...mucha suerte! :)

Liz dijo...

Siempre se siente tan bien quedarme impresionada con tus relatos!
Cómo extraño estos lugares!...

Felicidades por el nuevo proyecto... y muchas gracias por compartirlo.

Sludos!